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Projects/2005/9._Stop and shop
Download PDF (6 MB) Details: Catalogue for the solo show Personal geographies and other drawings, Museu del Montsià, Amposta.
Catalogue design by Johnny Richards


CARTOGRAFÍAS DE LA AVENTURA URBANA, text by Iván de la Nuez (Sp.)

Desde que Gastón Bachelard publicara, a mediados del siglo pasado, su Poética del espacio, el ejercicio de la geografía ha dejado de pertenecer, en exclusiva, a las grandes operaciones de circunnavegación y descubrimiento, conquista y cartografía, colonización y bojeo. Ahora, sin el menor complejo, han adquirido rango mayor el mapa de la casa, el perímetro íntimo de las habitaciones, el recorrido entre los pasillos y las esquinas, el azaroso merodeo por los patios, el trayecto interior de los supermercados. Desde la geografía clásica –Herodoto incluido–estas zonas menores han intrigado a los maestros antiguos. Y ya en el Renacimiento, en su Summa Geográfica, Martín Fernández de Enciso identificó a la geografía como un asunto que “trataba largamente del arte de marcar”. Hay que decir, asimismo, que no tratamos sólo con una opción sino con una necesidad: la geografía crítica demostró a partir de los años 70 que, aún en la era de los satélites (o quizá por habitar en ella), una medición de la tierra a pie del terreno, sin duda mas rústica pero también más estricta, nos proporciona un mapamundi distinto al que conocemos.
Una geografía personal se alimenta de estos y otros antecedentes para establecer sus operaciones; y es consciente de que, para alcanzar sus objetivos, necesita administrar algunas sustituciones. Una de ellas, dejar a un lado la gran narrativa que acompaña a todo gran hecho geográfico para hacer resplandecer la narración menor de un viaje al supermercado, la secuencia de un robo, la anotación que deja constancia del habitáculo de un homeless, la crónica de una vida en la intemperie, las mil minúsculas historias que cifran los arcanos de una ciudad.
Desde tales estrategias, las geografías personales de Consol Rodríguez indagan situaciones diversas de Londres, y de los protagonistas de estas escenas de la vida posmoderna en la gran ciudad, a través de esa especie de loop infinito en el que consiste la vida cotidiana, con sus rituales apenas interrumpidos y su drama griego de andar por casa.
La ciudad de Consol Rodríguez se convierte en un puzzle evocador del modelo para armar de Julio Cortázar, en su reivindicación del triunfo de la geografía sobre la historia (el espacio sobre el tiempo). Por eso, parece adscribirse a la conversión de la odisea sucesiva de Julio Verne –La vuelta al mundo en ochenta días–en la cartografía simultánea de Cortázar: La vuelta al día en ochenta mundos. Para ello, Rodríguez no puede quedarse como un voyeur de las escenas que va atrapando en su cuaderno. El suyo es un mapa afectivo de Londres, por el que bascula entre su condición de “extraña” en esa plaza y la situación de quien ya está implicada en sus tramas y no puede dedicarse tan sólo a observar.
Imágenes de la fascinación, éstas son al mismo tiempo imágenes de la contradicción, del amor-odio que toda relación intensa provoca. Cartografía de las calles, sí, pero, sobre todo, cartografía de sus situaciones. Cartografía de las intimidades y a la vez cartografía del exhibicionismo de la multitud anónima. Cartografía del tránsito por la ciudad pero también cartografía de sus obstáculos. La ciudad real y la ciudad fábula. La iglesia y el ayuntamiento, el supermercado y el baño público, el comprador y el carterista, el homeless y la cajera.
La cartografía de Consol Rodríguez desvela lo que un callejero turístico es incapaz de ofrecer: el mal humor de un conductor de autobús, el arte del carterista, la provocación furtiva, el ralentí que impone el turista en la velocidad habitual del indígena de una ciudad. La suya es una geografía de la ciudad conocida y de la ciudad potencial, de aquello que la ciudad esconde y de lo que la ciudad anuncia.
Aquí resuenan los ecos de Borges –el mapa como reescritura del territorio–; Julio Cortázar –la simultaneidad del espacio en un reducido marco de tiempo–; Guy Debord –en sus avatares psicogeográficos–; Walter Benjamin –el verdadero plano de una ciudad es el que nos ayuda a perdernos–; o Lars Arrhenius –en el emplazamiento de un arte visual como narrativa de las circunstancias citadinas–.
En la disposición y fragmentación de las piezas que aquí encontramos, Consol Rodríguez propone un pequeño manifiesto sobre los usos de la vida urbana. Y al despojarlo de índice, nos ofrece una guía para errar –en el doble sentido de error y de vagar sin rumbo– por las páginas sin número que representan su narración.
Ante el despliegue de estas geografías, al espectador se le abre un horizonte para realizar su propia lectura, una lectura culpable, con sus propios ardides y su propio equipaje. Un firmamento desde el que se percibe, todavía, algún desplazamiento inédito por la aventura urbana.

CARTOGRAPHIES OF THE URBAN ADVENTURE, text by Iván de la Nuez (Eng. translation)

Since Gaston Bachelard published, in the middle of the last century, his The Poetics of Space, the exercise of geography no longer belongs exclusively to the great operations of circumnavigation and discovery, conquest, cartography and colonisation. Now, without the slightest complex about it, the map of the house, the intimate perimeter of the rooms, the route between the corridors and the corners, the fortuitous marauding by the patios, the interior passage of the supermarkets have acquired greater rank. Since classic geography, Herodoto included, these smaller zones have intrigued the old masters. In the Renaissance, Martín Fernández de Enciso, in his Summa Geográfica, identified geography with a subject that ‘largely dealt with the art of marking’. It is also necessary to say that we do not only deal with an option, but with a need: since the 70s, critical geography has demonstrated that, even in the era of the satellites (or perhaps because we live in this era), a measurement of the Earth by foot, beyond doubt a more rustic measurement, but also a stricter one, provides us with a map of the world different from the one known to us.
A personal geography feeds on these and other antecedents to establish its operations, and it is aware that, to reach its objectives, it needs to administer some substitutions. One of these substitutions would consist of putting to one side all great narrative that accompanies all great geographic fact to shine light onto the smaller narration: a trip to the supermarket, the sequence of a robbery, the annotation that puts record of the cockpit of a homeless, the chronicle of a life in the inclemency, a thousand minuscule (hi)stories that cypher the secrets of a city.
From such strategies, Consol Rodriguez’s personal geographies research diverse situations of London, and of the protagonists of these scenes in the postmodern life in this great city, through that sort of infinite loop of which the daily life consists, with its rituals hardly interrupted and its home-made Greek drama.
Consol Rodriguez’s city becomes a puzzle, evocative of Julio Cortázar’s model kit, in its vindication of the triumph of geography over history (space over time). For that reason, it seems to be assigning itself to the conversion from the successive odyssey by Jules Verne: Around the world in eighty days to the simultaneous cartography by Cortázar: Around the day in eighty worlds. Because of it, Rodriguez cannot remain herself a voyeur of the scenes that she traps in her notebook. Hers is an affective map of London, through which she tilts between her condition of ‘stranger’ on that plaza and the situation of someone who is already involved in its plots and cannot dedicate oneself to only observe.
Images of fascination, these are at the same time images of contradiction, the love-hatred provoked by all intense relation. Cartography of the streets, yes, but mainly, cartography of its situations. Cartography of the privacies and simultaneously, cartography of the exhibitionism of the anonymous multitude. Cartography of the transit by the city, but also cartography of its obstacles. The real city and the fabled city. The church and the city council, the supermarket and the public bath, the shopper and the pickpocket, the homeless and the teller.
Consol Rodriguez’s cartography reveals what a touristic street guide is incapable to offer: the bad mood of a bus driver, the arts of the pickpocket, the furtive provocation, the slow motion imposed by the tourist over the usual speed of the city local. Hers is a geography of the known city and of the potential city, of what the city hides and of what the city announces.
Here the echoes of Borges resonate –the map as rewriting of the territory–, Julio Cortázar –the simultaniety of the space in a reduced frame of time –, Guy Debord –in his psycogeographic ups and downs–, Walter Benjamin –the true map of a city is the one that helps us to get lost–, or Lars Arhenius –in the emplacement of a visual art as the narrative of the city circumstances.
In the disposition and fragmentation of the pieces that we find here, Consol Rodriguez proposes a small manifesto on the uses of urban life. Undressing it of index, she offers us a guide to ‘err’ –in the sense of making both an error and to be errant– without course through the number-less pages that represent her narration.
Before the unfolding of these geographies, a horizon is opened for the spectator to make his own reading, a guilty reading to him, with its own schemes and its own luggage. A firmament from which it is perceived, still, some inedit displacement by the urban adventure.